Ideas prestadas sobre Stranger Things The article reflects on the cultural impact of *Stranger Things*, arguing that while the series did not start the trend of pop nostalgia, it significantly amplified it. The author suggests that the show's aesthetic is not a direct recreation of the 1980s but a reproduction of that era's imagery filtered through a 1990s lens, shaped by the creators' own childhoods. Despite criticizing the later seasons for becoming bloated and less engaging, the author praises the final episode for delivering an emotional and satisfying conclusion. Vale la pena dejar algo escrito sobre Stranger Things antes de que sea tarde. Independientemente del regusto que a cada uno le deje la serie en su conjunto, sospecho que como tema de conversación y reflexión va a envejecer como los buenos lácteos. Por un lado, resulta difícil tratar un tema que todavía está pasando o acaba de pasar, sin tiempo para que las ideas decanten: mis respetos para los periodistas. Por otro lado, en el contexto desregulado de este blog, hablar de temas frescos tiene la ventaja de que hay más material dando vueltas, más ideas flotando en el aire para meter en la licuadora y sacar tres o cuatro observaciones que, atadas con alambre digital, puedo llegar a creer propias. No creo que Stanger Things haya iniciado la moda —y subsecuente negocio— de la nostalgia pop, pero seguramente fue uno de sus grandes amplificadores. Ciertamente es el primero que yo recuerdo. Como punto de referencia, la adaptación de Ready Player One de Spielberg, que de alguna manera culmina ese ciclo, vino recién dos años después. Leí a GenXers estadounidenses elogiando de aquella primera temporada la fidelidad con la que recreó la década de los ‘80. Yo no viví esa época así que no puedo dar fe sobre la rigurosidad histórica, pero sí crecí consumiendo la producción cultural de ese tiempo y ese lugar, y puedo decir que compré la estética de Stranger Things desde el momento en que corrieron los títulos. Entre las cosas que leí este mes, me pareció significativo un artículo de 2019 que propone que, detrás de esa preciso barniz ochentoso en realidad se esconde una nostalgia por los años noventa: los Duffer Brothers, que tienen apenas un par de años más que yo, se parecen menos a los protagonistas de su serie que a los nerds que crecimos jugando al family y viendo hits sci-fi por cable y VHS. Lo que vemos en Stranger Things no es recreación de una época sino reproducción del imaginario de esa época. La veta noventosa la percibo en el casteo de Winona Ryder, en la hija de Uma Thurman, en los demo-dogs jugando a ser velociraptors, en la tardía inclusión de Linda Hamilton que, por más que ya haya estado en la primer Terminator, para mí siempre va a ser esta: Pero también hay tufo noventoso en los peores momentos de acción berreta: con los personajes disfrazados de commandos, dándose a los tiros contra milicos corruptos, en escenas que parecen sacadas de Comodines o Los Extermineitors. Demasiadas temporadas, demasiados años, demasiados personajes y demasiados días entre una entrega y la siguiente contribuyeron a que la mayor parte de esta última temporada se haya vuelto insufrible. Ya no nos importa mucho el arco que improvisaron para darle un final feliz a cada uno de los muchos protagonistas, ni queremos escuchar las referencias a las que apelan para explicar sus teorías o los planes que idean para combatir a los malos. Imposible seguir los detalles del argumento y por lo tanto imposible no distraerse con los bíceps de Lucas, el presunto botox de Eleven, la voz robot de Will o las muchas líneas rectas que ahora convergen en el rostro de Mike. Resulta menos interesante entender cómo van a derrotar a Vecna que preguntarnos por qué el dispositivo ficcional ya no funciona como antes, y de ahí enumerar todo lo que cambió en estos años. Por caso: toda una década de explotación de la nostalgia, reboots de franquicias y romantización de la cultura nerd sobre nuestras espaldas; la pandemia y el encierro, la inteligencia artificial y la amenaza existencial que supone, el hecho de que Black Mirror haya pasado de distopía a ficción naturalista. Robando otro poco: hoy en día empatizamos más con la cínica y alcohólica Carol Sturka de Pluribus que con estos ex-pibitos fantasiosos. Más allá del engorroso trayecto de esta última temporada, el capítulo final me gustó y me emocionó, me pareció a la altura de lo mejor que tuvo la serie—y de lo que la serie podría haber sido. ¿Cómo no iba a encajar el golpe si el círculo se cierra con una última campaña de Calabozos y dragones, si los héroes vuelven hechos viñeta, si la portada se despliega en formato Elige tu propia aventura, si en mis oídos suena la más maravillosa música que para mí es la voz extraterrestre de David Bowie, sobre la guitarra distorsionada de Robert Fripp? La sola elección de la canción de los créditos justifica toda la serie. Durante estos años Stranger Things recibió tratamiento de obra de culto, pero sospecho que no va a poder sostener ese estatus, por lo menos no entre los espectadores de mi generación. Más bien me parece que la vamos a recordar como una suerte de homenaje y despedida de la cultura con la que crecimos. Stranger Things es un artefacto de su tiempo, nos habla menos de los ‘80 y los ‘90 que de la sensibilidad estética que teníamos en el 2016. El estertor de un orden que empezó con la caída del muro y se terminó con el Covid.